1 de diciembre de 2009
Adónde vamos

Nuestros programas de estudio dejan de lado cada día más las humanidades y esto conduce a una sociedad imposibilitada para pensar y generar pensamiento. Carecemos de referentes ideológicos y nos falta esa idea, quizás utópica, que nos movía antes, la de salvar el mundo. Entones aún existía el sentido crítico de la realidad. Ahora ya no nos queda ni la palabra. Sufrimos un constante bombardeo de información sesgada que nos llega a través de la Red, la televisión, la prensa… Éste es nuestro único contacto con la realidad. Se nos atrofia la capacidad de racionalización, carecemos de pensamiento conceptual. Adoptamos ideas ajenas sin saber si son ciertas. Nos contentamos con fragmentos de una dudosa realidad que no comprendemos. Nos volvemos pasivos e irracionales.

Quiero pensar que siempre quedarán personas capaces de mantener encendida la luz de la razón. ¿No seré demasiado optimista?

 
María Dubón | 19:25 | Permalink |
1 de noviembre de 2009
Avanzamos a golpes de imaginación

Una teoría científica pretende definir unas leyes que sirvan para explicar la realidad observada y para inferir o determinar la evolución futura de esta realidad o de la fenomenología a la que se dirige. La observación de la realidad está condicionada por el avance científico, pues es éste el que provee de instrumentos de observación y medida necesarios, pero esto no explica por qué la evolución científica no se produce de forma progresiva sino que avanza a saltos, que son en sí mismos importantes avances, a los que siguen largos periodos de estancamiento casi total y de logros prácticamente inexistentes. Esto demuestra que la búsqueda científica y técnica no sólo está basada en la racionalidad y no deja claro el motivo por el que este avance es escalonado y no progresivo.

Como muestra de esta hipótesis cabe analizar la explicación del universo en tres de sus teorías más destacadas. Ptolomeo, en el año 200 a.C., pensó que la Tierra era el centro del universo y que todos los planetas y estrellas, incluido el sol, giraban en círculo alrededor de la Tierra, mientras las estrellas se mantenían en posición fija en unas esferas concéntricas que giraban a velocidad constante. Solamente los planetas se movían por la superficie de su esfera. Esta teoría se mantuvo inalterable durante 1.700 años y fue totalmente aceptada pese a no explicar, por ejemplo, el movimiento de la Luna.

A principios del siglo XVI, Copérnico planteó una teoría revolucionaria que desmentía incluso las enseñanzas de la Biblia y los conceptos universalmente aceptados en el mundo occidental de la época. Era el Sol el verdadero centro del universo y no se movía; la Tierra y los otros planetas giraban a su alrededor describiendo trayectorias circulares. Un siglo después, gracias al invento del telescopio, Galileo pudo verificar que esta teoría era cierta y, aun teniendo en contra a la Iglesia y al poder político del momento, la teoría fue universalmente aceptada y comprobada a los pocos años.

Pero el quid de la cuestión es: ¿Qué hizo que Copérnico imaginase una teoría tan revolucionaria? No se trataba de un razonamiento evolutivo ya que su planteamiento era absolutamente novedoso respecto al afirmado y sostenido antes durante siglos.

Poco después, hacia 1610, Kleper planteó la necesidad de unas fuerzas, que él creía que eran magnéticas, que harían girar a los planetas alrededor del Sol. Esto implicaba la aceptación de que las órbitas de los planetas eran elípticas y constituía un salto en el conocimiento y la explicación del universo, pero no es hasta 1657, con los Principios de Isaac Newton, cuando se plantea una explicación del origen, la naturaleza y la cuantificación de estas fuerzas que Newton afirma y demuestra que son directamente proporcionales a las masas e inversamente proporcionales a las distancias entre los cuerpos celestes. Y otra vez se presenta el enigma de cómo y a partir de qué planteó Kepler una teoría que es su tiempo no era comprobable y que medio siglo después fue corroborada por Isaac Newton.

El avance científico de los instrumentos de observación genera dudas y evidencia las faltas de la teoría de Newton a final del XIX y principios del XX.

Un oscuro funcionario de la oficina de patentes de Zurich plantea en cuatro artículos técnicos publicados en 1905 una nueva teoría, después bautizada con el nombre de Teoría de la Relatividad espacial, que en 1915 completa. Esta teoría revolucionaria se basa en el hecho de que el tiempo discurre a velocidades diferentes en función de la velocidad a la que se mueve el observador y también la teoría de la equivalencia, en función de la fuerza de la gravedad a la cual esté sometido. Einstein, posiblemente el científico más importante de la historia de la humanidad, adopta una teoría, en apariencia, absurda para nuestra experiencia y base racional: el tiempo no es una magnitud universal e invariable, sólo lo es la velocidad de la luz. Es decir, según esta teoría, dos amigos nacidos el mismo día, si uno se queda en la Tierra y el otro viaja durante años por el espacio a gran velocidad, envejecen a un ritmo diferente, porque el tiempo es más rápido para uno y más lento para el otro, y así, cuando el viajero, que ha ido a velocidades cercanas a la de la luz, vuelve a la Tierra, es más joven que el que se ha quedado aquí.

Esta teoría, que puede ser comprobada por todas las observaciones realizadas hasta ahora en el espacio, se elaboró hace un siglo, sin ninguna base experimental, y es hoy el pilar y la explicación de muchos fenómenos del universo, hasta ahora poco comprensibles.

La pregunta aparece de nuevo: ¿qué permitió a Einstein afirmar aquello que era improbable en su época y que un siglo después de su muerte ha sido verificado? ¿Por qué han tenido que pasar 250 años para que la teoría de Newton se pudiera sustituir por otra: la de la relatividad, que explica lo que la primera no podía?

Parece que lo que Copérnico, Kepler y Einstein elaboraron, cada uno en su momento, no ha podido ser más que fruto de su imaginación. Es la imaginación genial de estos hombres la que les permitió establecer una teoría que después desarrollaron, detallaron y cuantificaron ellos u otros, pero estos saltos en el conocimiento científico no se pueden entender si no es a partir de la intuición e incluso de la emoción, es decir, de la menos racional de las capacidades humanas.

Si esto es cierto, tendremos que admitir que el progreso científico está basado secundariamente en la racionalidad y que sin una inteligencia subjetiva y llena de emociones e intuiciones, no habría sido posible que estos hombres, que cambiaron la concepción del mundo, hubieran formulado teorías, en principio, incomprobables. Puede que esto no sea sino una hipótesis, pero parece cierto que la inteligencia y el raciocinio, desprovistos de imaginación e intuición, son inútiles y probablemente ineficaces para el avance de la humanidad.

 
María Dubón | 18:43 | Permalink |
1 de octubre de 2009
Sobre el fascismo
El fascismo no es propiamente eso que llamamos hitlerismo, sino una hermenéutica sobre el costo de la historia. Si minimizamos el costo humano y material del progreso y lo consideramos insignificante porque se halla al servicio de una idea o de un éxito global y amortizado por las ganancias del progreso estamos sembrando la barbarie en la sociedad. El ideario fascista es una lógica letal preñada de posibilidades destructoras inimaginables.


Reyes Mate

 
María Dubón | 18:46 | Permalink |
15 de septiembre de 2009
Dios, pruebas y refutaciones
Todas las pruebas que tienden a explicar la existencia de Dios tienen en común que demuestran a la vez demasiado y demasiado poco. Aun cuando demostraran la existencia de algo necesario, absoluto, eterno, infinito, etc., son incapaces de probar que eso sea un Dios, tal como lo entiende la mayoría de las religiones, a saber: no sólo como un ser, sino también como una persona, no sólo como una realidad, sino también como un sujeto, no sólo como algo, sino también como alguien, no sólo como un Principio, sino también como un Padre.

Ésta es también la debilidad del deísmo, que es una fe sin culto y sin dogmas. Creo en Dios, pero no en el de las religiones, suelen decir muchos desencantados de las numerosas iglesias. Bien. Pero entonces Dios se convierte en un desconocido, ¿cómo sabremos entonces qué es Dios?

Creer en Dios implica conocerlo al menos un poco, lo que solamente es posible a través de la razón, la revelación o la gracia. Ahora bien, la razón se confiesa cada vez más incompetente. Quedan pues la revelación y la gracia: queda, en definitiva, la religión… ¿Cuál? Es lo de menos, pues la filosofía no dispone de criterio alguno para discernir entre ellas. Para la mayoría de nosotros, el Dios de los filósofos es menos importante que el Dios de los profetas, de los místicos o de los creyentes. Fueron Pascal y Kierkegaard, antes que Descartes o Leibniz, quienes dijeron lo esencial: Dios es objeto de fe más que de pensamiento o, mejor dicho, Dios no es objeto alguno sino sujeto, absolutamente sujeto, y solamente lo encontramos en la experiencia inmediata o en el amor. Pascal, en una noche ardiente, creyó tener una experiencia de este tipo: “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el de los filósofos y los científicos. Certeza, sentimiento, gozo, paz. Dios de Jesucristo… Gozo, gozo, gozo, llanto gozoso”. Esto no es una demostración. Pero sin esta experiencia, la fe no se daría por satisfecha con ninguna demostración.

Probablemente éste sea el punto en el que la filosofía se detiene. ¿Qué sentido tiene demostrar lo que se experimenta de forma inmediata? ¿Cómo probar lo que no se experimenta? El ser no es un predicado, Kant tiene razón en este punto, y por eso, como decía ya Hume, la existencia no se demuestra ni se refuta. El ser se constata, no se demuestra, se comprueba, no se prueba.

Se replicará que la existencia es una prueba. Pero no es así, pues en este caso la experiencia no es repetible, ni verificable, ni mesurable, ni siquiera totalmente comunicable… La experiencia no prueba nada, pues hay experiencias falsas o ilusorias. ¿Y una visión? ¿Y un éxtasis? Las drogas también los procuran. Pero ¿qué puede probar una droga? ¿Cómo podemos saber si quien dice ver a Dios lo ve realmente o más bien alucina? ¿Cómo podemos saber si quien dice escucharlo, lo escucha realmente o más bien es él quien le hace hablar? ¿Cómo podemos saber si quien dice sentir su presencia, su amor, su gracia, las percibe realmente o más bien las imagina? No conozco a ningún creyente que esté más seguro de la verdad de su fe de lo que yo lo estoy de mis sueños cuando duermo. Lo que equivale a decir que una certeza, mientras siga siendo puramente subjetiva, no prueba nada. Es lo que denominamos fe: “Una creencia que sólo es suficiente subjetivamente”, escribió Kant, por lo que no debemos imponerla, ni teórica ni prácticamente, a nadie.

Dios, por decirlo de otra forma, no es tanto un concepto cuanto un misterio, no es un hecho cuanto un interrogante, no es tanto una experiencia cuanto una apuesta, no es tanto un pensamiento cuanto una esperanza. Dios es el ser cuya existencia hay que suponer para escapar de la desesperación (ésta es la función de los postulados de la razón práctica en Kant), y por eso la esperanza, igual que la fe, es una virtud teologal, porque tiene como objeto a Dios mismo. “Lo contrario de desesperar es creer”, dijo Kierkegaard, Dios es el único ser que puede satisfacer absolutamente nuestra esperanza.

Que esto, nuevamente, nada prueba es lo que hay que reconocer para terminar: la esperanza no es un argumento, puesto que, como dice, Renan, podría ocurrir que la verdad fuera triste. Pero ¿de qué valen los argumentos que no permiten esperar nada?

¿Cuál es nuestra esperanza. Que el amor sea más fuerte que la muerte, como dice el Cantar de los cantares, más fuerte que el odio, más fuerte que la violencia, más fuerte que todo, y únicamente esto sería verdaderamente Dios: el amor todopoderoso, el amor que salva y el único Dios, porque sería absolutamente amor, digno de ser amado. Es el Dios de los santos y de los místicos: Dios es amor, escribe Bergson, y objeto de amor: ésta es toda la aportación del misticismo. De este doble amor, el místico no terminará nunca de hablar. Su descripción es interminable porque lo que hay que describir es inexpresable. Pero lo que sí dice claramente es que el amor divino no es una propiedad más de Dios: es Dios mismo”.

Se objetará que este Dios no es tanto una verdad: el objeto del conocimiento, cuanto un valor: el objeto de un deseo. Sin duda. Pero creer en él es creer que este valor supremo (el amor) es también una verdad suprema (Dios). Esto no se demuestra; esto no se refuta. Pero es algo que se puede pensar, esperar, creer. Dios es la verdad que constituye una norma, la conjunción de lo Verdadero y el Bien, y por esa razón, la norma de todas las verdades. En este nivel supremo, lo deseable y lo inteligible son idénticos, explicaba Aristóteles, y esta identidad, si existe, es Dios. ¿Hay mejor manera de decir que solamente él podría colmarnos o consolarnos absolutamente? “Sólo un Dios podría salvarnos”, reconoce Heidegger. Por lo tanto, hay que creer en él o renunciar a la salvación.

Por último, señalemos que por esta razón Dios es y da sentido: en primer lugar porque, sin él, todo sentido topa con el absurdo de la muerte, en segundo lugar, porque Dios sólo es sentido para un sujeto, y sólo en sentido absoluto, por lo tanto, para un sujeto absoluto. Dios es el sentido del sentido, y por eso es lo contrario del absurdo o de la desesperación.
 
María Dubón | 16:38 | Permalink |
1 de septiembre de 2009
David Ben Gurion
¿Qué nos habéis hecho, gentes amantes de la libertad, guardianes de la justicia, defensores de los elevados principios de la democracia y la fraternidad humana? ¿Qué es lo que habéis permitido que se perpetre contra un pueblo indefenso, mientras vosotros permanecíais al margen y lo dejabais morir desangrado…? Si, en lugar de judíos, se hubiera torturado diariamente, se hubieran quemado vivos y se hubieran asfixiado en cámaras de gas a miles de mujeres, niños y ancianos ingleses, norteamericanos o rusos, ¿habríais actuado igual?

David Ben Gurion, fragmento de su discurso en el monte Scopus de Jerusalén pronunciado el 10 de julio de 1944.
 
María Dubón | 18:34 | Permalink |
1 de julio de 2009
La memoria del hombre
Los hombres se reproducen logrando perpetuarse de algún modo en sus propios hijos. No todos tienen hijos, pero todos tenemos padres, de los cuales hemos heredado unos genes, un apellido, tal vez unas hectáreas de olivar, y un largo pasado. En la memoria de cada uno de nosotros, en el subsuelo, por debajo del inconsciente personal, late un inconsciente colectivo donde hay huellas pertenecientes a los albores de la historia. Los recuerdos del individuo se sustentan sobre los recuerdos de la humanidad. Porque la vida es acumulativa. Vivimos en la azotea de un edificio cuyo primer piso es de estilo gótico, construido sobre una planta baja románica, la cual fue trazada aprovechando unos cimientos ibéricos. Estos cimientos se apoyan sobre la roca donde un día vinieron a guarecerse, tras ser expulsados de alguna parte, Adán y Eva.

Pero hay algo más. Desde esa cueva que sirvió de asilo a nuestros primeros padres podríamos descender, a través de unos corredores que sólo a primera vista parecen intransitables, hasta aquella madriguera donde se cobijaron otras criaturas más antiguas que el hombre. La memoria de la especie humana se remonta a un pasado inmemorial. En lo más hondo de nuestro corazón resuena el eco de un lejano clamor, el rumor amortiguado del sufrimiento animal, del placer animal, del miedo animal. Debajo de la memoria humana hay una memoria insondable que acaba en el engrama o memoria matriz, común a toda materia orgánica. La historia del hombre es una rama de la historia animal, y ésta es una rama de la historia del planeta. No sólo la geografía remite a la astronomía, también el psicoanálisis.

Todo esto explica muchas cosas. Por ejemplo, el hecho de haya personas que no osen subirse a un avión. Sienten hacia el avión una especie de miedo atávico. Saben perfectamente que el avión es el medio de locomoción más seguro; las estadísticas lo han demostrado de sobra y alguna compañía aérea supo expresarlo en un texto publicitario muy elocuente: “Todavía no podemos ofrecer a nuestros viajeros la seguridad absoluta porque todavía hay que ir al aeropuerto en coche”. ¿Entonces? Obsérvese que hablo de miedo atávico; los atavismos no se curan con razonamientos. Ocurre sencillamente que todos tenemos los ancestros animales muy activos dentro de nosotros. Descendemos, por vía directa, de especies biológicas habituadas a vivir en tierra firme. ¿Otra prueba? Cualquier ruido artificial interrumpe nuestro sueño, que jamás es turbado por la lluvia. Y es que aún no estamos bien adaptados para vivir fuera de la selva.
 
María Dubón | 13:41 | Permalink |
15 de junio de 2009
Antoine Roquetin
Cuando pienso, el desaliento se apodera mí. Lo que hago es inútil y nada de lo que me rodea tiene sentido. Será que la vida humana es eso, un sinsentido, algo sin propósito. Aun así me siento libre y responsable porque conservo la consciencia, de la que soy prisionera. Ella lo determina todo. Ojalá fuera posible inventar un nuevo hombre liquidando los sistemas que lo alienan y le roban la libertad.

Hay días en que la visión existencialista del mundo determina mi testimonio insobornable de la realidad y el individualismo es un valor que permite creer en el poder creativo más que en las leyes sociales.

La existencia del prisionero es tan angustiosa que produce asco, una náusea que no debe privarle de ser libre.

*Antoine Roquetin, personaje central de la obra de Jean Paul Sastre “La náusea”.
 
María Dubón | 09:04 | Permalink |
1 de junio de 2009
Dilema
Si los hombres son buenos, entonces las leyes para el control de armas no son necesarias; y si los hombres son malos, las leyes para el control de armas no serán eficaces. Por consiguiente, las leyes para el control de armas, o bien no son necesarias, o no son eficaces.
 
María Dubón | 14:14 | Permalink |
15 de mayo de 2009
Datación para ateos

Alberto me propone una alternativa a la hora de datar. En vez de aplicar el conocido a.d.C. o d.d.C. (antes de Cristo o después de Cristo), optar por a.n.e. o d.n.e (antes de nuestra era o después de nuestra era).
 
María Dubón | 10:37 | Permalink |
1 de mayo de 2009
Destino, azar y libre albedrío
Entre científicos, filósofos y gente común hay una tajante división de opiniones acerca de si el futuro está o no completamente determinado por el pasado. Los deterministas creen que el estado total del universo en un momento dado cualquiera determina completamente el estado total del universo en cualquier momento futuro. Ésta era, por ejemplo, la convicción de Einstein. Entre los más grandes de los muchos filósofos que abrazaron la causa determinista estuvo Benedicto de Spinoza, y Einstein se consideraba a sí mismo spinozista. Fue ésta una de las razones por las que Einstein nunca aceptó como definitiva la teoría cuántica, pues en la teoría cuántica el azar interviene de manera fundamental en la determinación de los acontecimientos de microcosmos. Como el propio Einstein manifestó en cierta ocasión: “No creo que Dios juegue a los dados con el universo”.

Los indeterministas juzgan que el futuro del universo está sólo parcialmente determinado por su estado actual. Los indeterministas no creen necesariamente en el libre albedrío, y pueden no creer tampoco que el papel que desempeñe el azar a nivel subatómico sea la causa que impida la completa determinación del futuro. Por otra parte, pueden tal vez creer que los seres vivos, y muy especialmente los humanos, tienen “albedrío”, una voluntad libre que les otorga capacidad para modificar perceptiblemente el futuro de manera que ni siquiera un ser sobrehumano capaz de conocer todo acerca del estado actual del universo podría predecir. Charles Peirce y William James fueron dos eminentes filósofos norteamericanos, paladines de la causa indeterminista.

Estas profundas cuestiones filosóficas están, en última instancia, íntimamente ligadas a la naturaleza del tiempo, e igualmente, a lo que se entiende al decir que un suceso es causa de otro. Nadie duda de que aplicando técnicas matemáticas a nuestras mediciones del universo podamos predecir con exactitud casi perfecta: el momento en que se producirá el próximo eclipse solar, por ejemplo. Y nadie niega que otros sucesos, tales como el resultado del próximo lanzamiento de un dado, o el tiempo que hará la semana que viene, sin impredecibles en la práctica, precisamente a causa de que los factores que los determinan son demasiado complejos.

La gran cuestión estriba en elucidar si las leyes básicas del universo son completamente determinísticas o no, o si la novedad genuina está originada por el puro azar en el nivel microcósmico, o por los seres vivos del nivel macroscópico, o tal vez por ambos. Estas cuestiones fueron ya debatidas por los antiguos griegos; científicos, filósofos y gentes de a pie han estado desde entonces debatiéndolas sin cesar.

 
María Dubón | 12:06 | Permalink |
15 de abril de 2009
Dios en la filosofía experimental
El modo en que Newton concibió el espacio y el tiempo revela el papel decisivo que Dios ocupo en su visón del universo. Conviene matizar con más detalle cómo relacionó la teología natural con su filosofía experimental, y cómo, en definitiva, pudo la religión natural encontrar apoyo en la ciencia. Siendo el objeto y el método de cada una obviamente diferentes, ¿de qué manera pudo hacerlas compatibles? Y, sobre todo, ¿cómo pudo admitir una hipótesis teológica tan determinante y sostener a la vez el lema de “no fingir hipótesis” en filosofía natural? ¿Puede considerarse Dios una hipótesis en su imagen filosófico-científica del mundo? Y, de serlo, ¿tuvo el carácter de una hipótesis deducida de los fenómenos o actuaba como mera conjetura? Es más, ¿consideró Newton que Dios era una certeza a salvo de cualquier duda racional? En el Escolio General aparece una descripción de los atributos de Dios. Newton comienza el escolio con un breve párrafo en el que refuta la hipótesis cartesiana de los vórtices mediante los datos observacionales de planetas y cometas. Pone de manifiesto cuál es la constitución del sistema solar (seis planetas girando alrededor del Sol en el mismo sentido plano, junto con sus lunas) y defiende la capacidad de la ley de la gravitación para explicar la regularidad y continuidad de las órbitas de los cuerpos celestes. Ahora bien, esta misma ley no puede dar razón inicial del sistema de órbitas. Partiendo de la constitución actual del universo, no puede suponer que “simples causas mecánicas den nacimiento a tantos movimientos regulares”. “Este sistema sumamente bello del Sol, los planetas y los cometas sólo pueden proceder del designio y dominio de un ser inteligente y poderoso”. I. B. Cohen, gran especialista en Newton, pregunta: ¿equivale la existencia de Dios a una hipótesis no deducida de los fenómenos? De serlo, semejante hipótesis no tendría cabida en la filosofía experimental, según la declaración del mismo Newton en el Escolio. La respuesta, según Cohen, es que, para Newton, Dios sí es una hipótesis derivada de los fenómenos, porque el sistema solar nos hace patente en su estructura que no puede haber sido producido solamente por causas mecánicas. En sus cartas al doctor Bentley y en la Cuestión 28 de la Óptica, Dios aparece como causa de las propiedades del universo y de los fenómenos, respectivamente. Sus palabras en el Escolio confirman tal posición: “Y esto por lo que concierne a Dios, de quien procede ciertamente hablar en filosofía natural partiendo de los fenómenos”.
 
María Dubón | 16:26 | Permalink |
1 de abril de 2009
Conocimiento del mundo
Conocemos el mundo mediante sensaciones que nos llegan por los cinco sentidos. Pero más lejos de la sensación que nos permite ver u oír algo, podemos preguntarnos qué es ese algo. No indagamos lo que vemos, sino lo que no vemos, pues las cosas no se reducen a lo que de ellas se ve y por eso se ha de distinguir entre ver y entender. Y entender no es lo mismo que sentir. Entender el calor no calienta, mientras que sentirlo sí. Y si lo que entiendo es el fuego, mi entendimiento no arde en llamas ni siente el menor calor. A diferencia de lo que les ocurre a nuestras manos, nuestra inteligencia puede jugar con fuego sin quemarse. Esto es así porque lo que conoce son formas conceptuales y los conceptos son ultrasensoriales, es decir, inmateriales.

Las preguntas sobre el qué no se contestan con los datos captados por el ojo o los demás sentidos. El ojo ve, pero no es su incumbencia saber en qué consiste eso que ve. Ésta incumbencia pertenece al entendimiento.

Es propio de la materia presentarse formalizada ante nuestros ojos. Un reloj es una combinación de cristal, cuero y metal. Nuestros sentidos captan los aspectos materiales, pero la inteligencia capta, por medio del concepto, lo que tenemos delante: una máquina para medir el tiempo. El concepto es la imagen que refleja en nuestro interior la exterioridad que nos rodea, pero no refleja la materialidad de las cosas, sino su esencia o función. Así, a diferencia de cualquier otro animal, si entiendo el concepto de reloj, reconoceré como tales a todas las máquinas o instrumentos que sirvan para medir el tiempo, desde un reloj digital a uno de arena. Es patente que el modo de ser de los conceptos en el entendimiento es un modo de ser inmaterial y por eso podemos aseverar que entender lo que es el fuego no quema y entender lo que es la muerte no mata. De esto se deduce que la facultad de elaborar conceptos inmateriales debe ser igualmente inmaterial.

El concepto es una representación mental de una clase de objetos o seres unidos por una característica común. Todo concepto tiene comprensión y extensión. Por comprensión entendemos el conjunto de partes que lo integran. El concepto de “ser humano” integra la animalidad, la racionalidad y la sociabilidad. La extensión indica el conjunto de individuos englobados en un concepto. Así, el concepto “ser humano” es más extenso que “poeta” y menos extenso que “animal”. La abstracción es el proceso mental que nos permite encontrar rasgos esenciales y comunes a muchos seres y formar los conceptos correspondientes.

La unión de dos o más conceptos según el esquema sujeto-verbo-predicado da lugar a un juicio. La unión de juicios o proposiciones en forma de premisas y conclusión da lugar a un razonamiento. Por los conceptos entendemos la realidad y gracias a los juicios y a los razonamientos nuestro conocimiento progresa.
 
María Dubón | 09:23 | Permalink |